Las matanzas tradicionales en Extremadura

Una vez que hemos despedido este caluroso verano, aunque el “Veranillo de San Miguel” nos haya querido recordar lo caluroso de la estación estival, en nuestra tierra, Extremadura, pronto comenzarán las tradicionales matanzas, antaño una tradición extendida a casi todos los rincones de la región y ahora solamente realizada en algunos de sus pueblos con más tradición, aunque a los que ya peinamos canas nos ha dejado unos recuerdos imborrables, uno era un niño en aquellos tiempos, que de vez en cuando anhelamos. Y no lo digo por los manjares resultantes de ese acto, sus chorizos, morcillas o lomos no tienen comparación, aunque nosotros intentamos siempre que nuestros productos, tanto ibérico como de cerdo blanco o cruzado, su sabor se parezca más a esos excelentes embutidos caseros.
El día comenzaba temprano, muy temprano, de noche todavía, y en esta ocasión no hacía falta ni despertador ni una arenga de tu madre, pues con los nervios de la noche anterior poco o nada habíamos dormido, al llegar al “corralón” ya había un amplio grupo de personas alrededor de un fuego custodiando un caldero que contenía nuestro delicioso desayuno: un buen plato de migas, nada mejor para comenzar el día. Migas en el estómago y comenzaba la fiesta donde el protagonista era el matarife, encargado de poner fin a la vida del cochino y a las ayudantas que no cesaban en su empeño de mover la sangre del animal vaciada en un barreño para esta no cuajase. Una vez chamuscado y con la piel limpia, entraba en actuación el matancero, que se dedicaba a diseccionar el cerdo, de manera casi quirúrgica, obteniendo cada pieza que se depositaban en las artesas para su posterior conservación. Tras llegar la prueba del veterinario y estando todo en orden, ya se podía observar los primeros trozos de tocino en una parrilla sobre las brasas del fuego.
Para los niños había reservadas tareas importantes, como eran los recados ante los frecuentes olvidos, pelar ajos como si hubiera un mañana o darle a la palanquita de la máquina picadora de carne.
Ya por la tarde, tras un buen plato de frijones con chorizo, y con las artesas llenas de manjares deliciosos, se procedía al embuchado de chorizos, lomos, salchichones o morcillas, no sin antes haber degustado las maravillosas pruebas, para mi , sin duda la parte más deliciosa de la matanza, y se iban colocando esos tesoros colgados de lo alto del “doblao” esperando una fructífera curación para que, un poco antes de San Isidro, al probar ese lomo nos recuerde a los sabores de antes.